El pasado mes de octubre junto con la Coordinadora Aragonesa del Voluntariado organizamos un taller de «Hablando de cómo abordar la educación sexual en el tiempo libre». Compartimos una tarde muy agradable, fuimos construyendo a nuestra/o educadora/o ideal y nos dimos cuenta de las potencialidades que podemos encontrar en este ámbito. Pasen y lean.

El ámbito del tiempo libre tiene un sinfín de posibilidades educativas. Una de las más significativas es la creación de vínculos muy potentes entre educadoras/es y chavalas/es ya sea por la educación a través del juego, el disfrute de estar o los múltiples y variados momentos de compartir que se dan.

Por otro lado, los tres objetivos que persigue la educación sexual son que las personas aprendan a conocerse, aceptarse y expresarse de manera satisfactoria, es decir, de manera que se sientan bien. El fin último de la educación sexual es facilitar el desarrollo evolutivo, la salud desde una mirada más integral. ¿No forma parte esto de los objetivos que nos planteamos desde el ámbito del tiempo libre?

Los espacios de tiempo libre suelen ser (o por lo menos deberían ser), gracias al vínculo que se genera entre las personas, lugares de libertad y seguridad. En ellos las personas, a través de las dinámicas o la propia interacción, se van conociendo a sí mismas y a las demás, van aprendiendo a aceptarse y quererse para expresarse en diferentes momentos y formas a lo largo de su desarrollo personal. ¿No deberíamos aprovechar, entonces, estos espacios para trabajar la educación sexual? Es más, ¿no estaremos haciendo educación sexual en estos espacios sin ni siquiera planteárnoslo?

En las ludotecas y centros de ocio y tiempo libre se dan cotidianamente situaciones en las que se hace educación sexual: cuando estamos hablando con las chavalas/es de las personas que les gustan; cuando en los vestuarios nos duchamos y vemos otros cuerpos; cuando nos preguntan a las educadoras/es sobre nuestras parejas, etc. Pero también en situaciones que quizás no asociemos a lo sexual como cuando trabajamos en torno a las emociones, cuando un chico se disfraza en el local de “chica” o cuando gestionamos un conflicto. Realmente, se hace educación sexual en más situaciones de las que tenemos en mente. Estos son sólo algunos ejemplos que nos muestran que la educación sexual está presente en el día a día de los espacios educativos. Entonces, ¿por qué es un tema que se suele pasar por alto a la hora de elaborar los proyectos o plantear la acción educativa?

No se trata de que las educadoras/es de tiempo libre tengan que responder siempre y en cualquier momento a las cuestiones que identifiquen en torno a lo sexual; contestar siempre a las preguntas que hacen las chavalas/es sobre su intimidad o ser expertas/os de la sexología. Se trataría más bien de reconocer la sexualidad como una parte importante de dicho trabajo y tomar conciencia del papel que se tiene como modelos y referentes también en este ámbito. Y sobre todo, retomando la idea inicial, se trataría de reforzar la perspectiva de que ese potente vínculo [entendido como lazo que une o como una relación de proximidad y seguridad] es una herramienta privilegiada para facilitar el desarrollo y la salud sexual de las/os chavales.

Para ello, en primer lugar, los equipos educativos podrían trabajar las propias actitudes hacia la educación sexual y reflexionar sobre cómo los prejuicios y limitaciones condicionan la mirada como educadoras/es. A partir de ahí, sería clave ampliar dicha mirada adquiriendo y desarrollando algunos conocimientos y habilidades básicas en torno a la educación sexual que permitan asumir y llevar a cabo el propio trabajo.

Es necesario insistir en la idea de que no hay que convertirse en expertas/os ni ser capaces de responder a todo. Pero sí en la importancia de conocer los recursos que existen a disposición de las/os chavalas/es (asesorías sexológicas gratuitas, por ejemplo) y trabajar en coordinación con las/os profesionales de la sexología que puedan acompañar en los procesos formativos o responder a necesidades más específicas.

Si se entiende y plantea el tiempo libre desde una mirada posibilitadora y centrada en las personas con las que se trabaja como protagonistas (niñas/es/os, adolescentes o adultas); donde la escucha, los cuidados y los vínculos están en el centro; donde la diversidad se vive como una realidad enriquecedora y donde las personas puedan ser, sentirse y expresarse con libertad y seguridad. El tiempo libre se convierte en un espacio maravilloso para trabajar la educación sexual, un oasis de posibilidades que permite caminar hacia los objetivos que recordábamos al inicio: que las personas se conozcan, acepten y expresen de manera satisfactoria, de manera que estén a gusto y felices. Casi nada y casi todo.