Ilustración cedida por Niko Bleach
La joven princesa vivía encerrada por su madrastra… hasta que llegó el príncipe azul y la liberó, y la princesa se puso requetecontenta porque a partir de ahora sería feliz. Y así, mientras ella amaba románticamente día y noche, él veía mundo y conquistaba territorios. Siglos más tarde, la joven estudiante con poca autoestima caía rendida del primer vistazo en brazos del millonario que le concedería el amor que siempre había soñado, mientras de paso la controlaba obsesivamente. Perdices y finales felices. ¿O tal vez no son finales tan felices? A veces, en medio del silencio de la noche, se arrepentían sin atreverse a admitirlo del todo, al darse cuenta de que habían puesto demasiadas expectativas en ese amor, y por el camino se habían olvidado de amarse y cuidarse a sí mismas.

Ojo: no se trata de no amar, ni de que el amor sea algo que es mejor evitar. Lo malo es renunciar a una misma en nombre de ese amor romántico, crearnos expectativas irreales sobre lo que el amor hará con nosotras, o construir nuestras vidas sobre supuestos falsos. Amor romántico rima mejor con pérdida de autonomía y de capacidad de decisión, que con pasteles y bienestar incondicional.

Es fundamental que dejemos de confundir amor con posesión, desigualdad o sufrimiento y comprendamos que los vínculos afectivos es algo que se construye día a día. Las relaciones amorosas no ocurren sin más ni se improvisan, sino que se van fraguando a base de conocerse, negociar, aprender a comunicarnos y compartir alegrías pero también disgustos.

Así que, para seguir buscando el placer, nos puede ayudar el revisar nuestras ideas preconcebidas sobre el amor y poner unos cuantos filtros críticos a la idea de amor con la que se nos bombardea sin cesar en esta nuestra sociedad, tan moderna pero a la vez tan arcaica.