Cuando hablamos de placer sexual, casi siempre pensamos en los genitales. Sin embargo, nuestra sexualidad es mucho más amplia que eso, e implica a todo el cuerpo y su potencial sensorial. Desgenitalizar significa dejar de centrar toda la experiencia en los genitales y abrir la puerta a todo el cuerpo. Autogenitalizar implica reconectar con nuestros propios genitales desde el autoconocimiento y no desde lo que culturalmente se espera.
Buscar placer no debería limitarse a la estimulación genital. Explorar el cuerpo completo, sin prisas y con curiosidad, enriquece nuestra vivencia sexual y potencia una sexualidad más afectiva, más conectada y más consciente. La desgenitalización también supone recuperar los sentidos: la vista, el tacto, el olfato, el gusto y el oído. El placer puede surgir de una mirada, una palabra susurrada, un aroma, una textura o un sabor. Sin embargo, culturalmente hemos desarrollado más lo visual y lo táctil, dejando casi anulados otros sentidos. Incluso se ha llegado a ridiculizar el placer sensorial amplio. Pero sin embargo, reducirnos a una parte de cuerpo es cuanto menos, una simplificación de todo el potencial sexual que tiene un cuerpo.
Pero, y, ¿por qué pasa esto de tener unas prácticas sexuales tan centrada en los genitales?
Lo primero que tenemos que entender que la sexualidad se va construyendo, a lo largo de la vida, y lo social va haciendo su impacto.
En nuestra cultura, androcréntrica, la sexualidad se ha planteado desde parámentros masculinistas, poniendo el pene en el centro. Tiene su sentido, desde esa mirada androcéntrica, dado que el pene y su fricción, es altamente sensible, pero claro, se ha reducido la respuesta sexual masculina a la fricción del pene como única forma de placer, y eso ha contribuido a que la sexualidad se oriente hacia la penetración, generando así un imaginario de cómo tenía que ser la sexualidad femenina (no sólo heterosexual, sino vinculado el placer a la penetración). Este centrismo del pene se ha llamado falocentrismo, a juguetes con forma fálica e hiperrealistas. Este enfoque ha reforzado valores como el tamaño, la cantidad, la potencia, la agresividad y la penetración como eje central. Y la idea de que el coito (penetración pene-vagina) sea lo más placentero es el coitocentrismo. La penetración ha sido y sigue siendo un símbolo asociado a lo masculino. Culturalmente, tener pene y penetrar se ha vinculado con poder, control y responsabilidad de dar placer. Esto ha colocado a muchas mujeres en una posición pasiva, donde su función parecía limitarse a ser penetradas. Pero, además, se ha vinculado la penetración como el nexo de unión de la pareja, la plena fusión, como si sin ella la relación sexual no fuera “completa”.
En el caso de las mujeres, es importante recordar que somos más clitorianas que vaginales. No todas disfrutamos plenamente de la penetración y muy pocas alcanzan el orgasmo únicamente con el coito. Generalmente necesitamos estimulación directa del clítoris u otras caricias. Sin embargo, existe la creencia errónea de que el orgasmo “debería” llegar con la penetración, lo que lleva a fingir o a sentirnos mal si no ocurre. Además, en más de una ocasión construimos nuestro deseo en base a esta creencia, y podemos creer que es nuestra práctica de mayor placer, pero realmente nuestro cuerpo nos está diciendo otra cosa.
En el mejor de los casos, parece que la revolución del clítoris, haga que éste se haya visibilizado, pero, seguimos en un prisma muy reduccionista que hace creer que éste maravilloso órgano se el botón de un ascensor. Pero, no, la respuesta sexual no es mecanicista, en más compleja y diversa. Al final, hemos centrado, insistimos, en el mejor de los casos, en centrar toda la erótica en los genitales. De ahí, afirmar que seguimos, aún en día, en un marco muy genitalizado de la sexualidad y que el placer sólo se pueda concebir a través de la estimulación de los genitales.
El lenguaje no es inocuo, construye pensamiento, narrativa y eso genera sentimientos, emociones y sensaciones. Seguimos escuchando con frecuencia el término “juegos preliminares”. Éste es un concepto sexista, porque sitúa las caricias como algo previo al coito (de lo que hablábamos arriba que si el androcentrismo, falocentrismo, etc, verdad?). Es un expresión que marca la penetración como finalidad obligatoria del encuentro erótico. El coito como finalidad en sí misma, como fin para el “verdadero” placer. En realidad, los juegos no son previos a nada: son parte del encuentro en sí mismo. Muchas mujeres necesitan caricias y juegos para alcanzar un nivel óptimo de excitación, y estas prácticas no deberían considerarse secundarias, sino centrales si así se desean. Pero, los hombres tienen también ese potencial de globalizar su respuesta sexual, pero tienen que renunciar al centrismo del pene y aprender (o entrenar que quizá así resuene más) a explorar con los sentidos y todo el cuerpo. Sobre todo para ampliar su erótica y así no depender del pene para disfrutar del sexo. El pene, como bueno órgano de sistema hidráulico (se llena y vacía de sangre) puede verse comprometida su erección por múltiples razones.
Además, seguimos moviéndonos en valores cuantitativos (cuánto, cuántas veces, cuánto dura, etc.) más que cualitativos (cómo se siente, qué conexión hay, etc). También persiste una lógica de rendimiento: importa más llegar a la meta que disfrutar el proceso. A esto se suma la culpa, muy presente en la vivencia sexual por múltiples razones culturales y educativas.
Lo masculino, además, se ha asociado a lo visual. Esto ha influido en que muchas mujeres se sientan sometidas a una constante exigencia estética: maquillaje, depilación, moda, modales. Todo ello impacta también en cómo vivimos nuestra sexualidad. Y se nos olvida que tenemos más sentidos que debemos activar.
Al final, todo este reduccionismo afecta a todos los cuerpos. Entender que no hay una sexualidad femenina o masculina, sino tantas sexualidades como cuerpos y que no hay que dar por supuesto, sino que hay que explorar y conocer para así conectar realmente con los placeres y que los encuentros con otras personas sea un camino de cuidado mutuo para pasar un rato de bienestar, de gustito y así de salud.
Y, ¿por dónde empezamos?
Caricias: desgenitalizando
Prolongar las caricias y estimular adecuadamente las zonas erógenas favorece la excitación. Tomarse tiempo para explorar, aprender distintas técnicas y descubrir qué nos gusta puede transformar la experiencia sexual.
Un ambiente erótico cuidado —con caricias físicas, palabras, miradas y un entorno agradable— mejora la vivencia de ambas personas. Sin embargo, muchos hombres, por educación y cultura, tienden a subestimar el tiempo que una mujer necesita para estar preparada para la penetración.
Comunicación explícita y eficaz: comunicación para conocer
Primero, comunicarse no significa casarse ni hacer un proyecto a largo plazo. Una noche de sexo esporádico necesita de comunicación (verbal y no verbal). Pero, llevar mil años de pareja no significa ser adivinas, porque el deseo cambia. No podemos esperar que nuestra pareja adivine lo que deseamos. Nadie es adivino y todas las personas hemos crecido en una cultura sexista, machista y patriarcal que no facilita el conocimiento profundo de la sexualidad. Así que comencemos por entrenar las habilidades sociales (emisor-receptor/comunicación no violenta/ asertividad/escucha activa/empatía/ comunicación no verbal, pedir, poner límites, etc).
No debemos asumir que sabemos cómo tocar a la otra persona, ni que la otra persona sabe lo que nos gusta. Explorar y preguntar es fundamental y tendría que ser esa misma experiencia de explorar o preguntar fuente de placer en sí misma. Convertirte en explorador o exploradora de otro cuerpo, ¿no te parece una experiencia sublime? Grandes dosis de curiosidad es un ingrediente fantástico. Conocer nuestro cuerpo y los cuerpos ajenas así como los cambios que van viviendo será la fuente de la verdadera información. Recuerda: los cuerpos no mienten, te dicen siempre la verdad. El sexo es cuerpo, no se piensa, se siente.
Cuanto mejor es la comunicación, mayor es la calidad de nuestra erótica. Reconocer nuestros deseos implica primero identificarlos y después saber expresarlos. No tener miedo a solicitar nuestro tiempo, nuestras caricias o determinadas prácticas puede resultar difícil —porque muchas veces nos cuesta anteponer nuestros deseos frente al de otras personas—, pero el esfuerzo suele tener una recompensa muy positiva. También es importante no sentirse mal si deseamos caricias y mimos, esto no tiene por qué conllevar a un compromiso, así que fuera miedos y vergüenzas. Incorporar juegos y juguetes puede ser una forma de fomentar la comunicación, la fantasía y romper la monotonía. Además, pueden contribuir a despertar el deseo o la libido.
Sexualidad afectiva
El sexo está en la cabeza: la psique es el órgano sexual más potente. Nuestra mente, nuestro cerebro, crea las condiciones para experimentar placer, excitación y orgasmo. Muchas veces, estas experiencias se dan con mayor plenitud cuando nuestras necesidades afectivas —las propias, no las impuestas— están atendidas. La afectividad implica coherencia con nuestros deseos y necesidades auténticas. Supone reconocer qué queremos realmente y actuar en consonancia. El mundo de las caricias es amplio y diverso. Son formas de obtener placer, de conocer nuestro cuerpo y el de la otra persona, de conectar. Ampliar nuestra perspectiva hacia una sexualidad afectiva nos permite vivir encuentros más completos y satisfactorios.
La masturbación: autogenitalización
A nivel cultural, con respecto a los géneros, podemos ver cómo desde la infancia hay una diferencia de género en la relación con los genitales. A los niños se les legitima tocar los genitales y nombrarlos. Esto facilita que en la adultez sientan una mayor comodidad en tocar sus genitales, hasta tal punto que los manipulen en espacios públicos sin ningún pudor. Sin embargo, a las niñas no se les legitima el contacto con la vulva y ésta, además, está más oculta. Encima, toda la relación que solemos tener con ella, hay siempre alguna barrera entre manos y genitales (papel higiénico, esponjas, toallas, tampones con aplicador, etc). El contacto con la vulva se transmite como algo silenciado, llegando al punto del que son muchas mujeres las que nunca se han explorado (mirado) la vulva por curiosidad, sí quizá por estética o por alguna infección. A la vulva hay que ir a verla, está recogida entre las piernas y claro, no es visible, pero existe y es una parte más de cuerpo.
La masturbación es una forma de autoexploración y una vía para satisfacer el deseo. Podemos practicarla solas o en pareja, con la intención de experimentar placer, con o sin orgasmo. Es una herramienta poderosa de autoconocimiento. Pero, no hay maneras universales de masturbación o estimulación genital. Y, por supuesto no debería ser sólo un acto mecánico, un pim pam pum. La autoestimulación requiere también de poner curiosidad, explorar maneras distintas de tocar, cambiar ritmos, posturas o lugares. Además, no significa centrarnos sólo en los genitales, podemos añadir otras caricias, por ejemplo. En cierto modo, se trata más de poner esa escucha al cuerpo, o dicho de otro modo, entrenar la atención plena (un milddfunes erótico si te es más sencillo de entender)
Se trata de poner los genitales vinculados al placer y no a los mandatos sociales. Estimular porque se desea estimular, pero no porque si no no se siente.
Autodeterminación sexual
Para muchas mujeres, el cambio comienza por darse permiso para ser sujeto sexual y tomar posesión de su propia sexualidad. Definirla por sí mismas, en lugar de permitir que otros lo hagan, es clave. Se trata, en definitiva, de aceptar la sexualidad en su forma presente y vivirla desde la autonomía y el respeto propio.